Era marzo y nos despedíamos con un “nos vemos en dos semanas”. Dos semanas que se han convertido en setenta y tres (y contando). Mismas semanas que fluctuaron entre tres colores del semáforo epidemiológico (o cuatro, en algunos estados muy afortunados) y así el país tuvo que ir improvisando diferentes medidas semana con semana.

Ahora, año y medio después, nuestro vocabulario incluye palabras como burnout, teletrabajo y el tan famoso “estas en mute”. Nos enfrentamos a una nueva manera de trabajar tratando de hacer coexistir a los hijos y sus clases, la mascota y sus ladridos, la cocina y su ruido, y en casi todos los casos una conexión pobre de internet que no podía con más de una videollamada a la vez con la cámara prendida. En resumen: malabarear la vida personal y el trabajo.

A todo esto, lo llamamos “teletrabajo” el cual vino con sus condiciones e implicaciones: que si no es legal la obligación de prender la cámara, que si la empresa necesita cubrir los gastos de luz e internet de cada trabajador, que si el horario tenía que ser más estricto, que si había que cambiar los contratos de los trabajadores.

Balancear tantas condiciones intentando mantener el mismo ritmo de productividad pre-marzo 2020 fue un reto que generó dos fenómenos: el querer ir a la oficina, ya sea por tener una mejor conexión, no tener distractores o simplemente para cambiar de espacio y el burnout. Dos extremos del mismo espectro: o estoy de regreso en la oficina o me deterioro en casa.

El burnout definido por la OMS como: una enfermedad laboral que provoca detrimento en la salud física y mental de los individuos, empezó a atacar a los colaboradores. Una segunda pandemia cuyo único remedio era bloqueado por la primera. El no poder salir ni ver a otras personas mezclado con la juntitis aguda de la cuál muchas empresas padecieron al principio de la cuarentena generaron unas condiciones de trabajo desgastantes para todos los colaboradores.

Ahora con el 32 % de la población vacunada en México con mínimo una dosis nos enfrentamos a la pregunta: ¿y ahora qué? ¿regresamos o no? ¿las organizaciones están listas para un modelo híbrido de trabajo? Más allá de estar listas, ¿están dispuestas?

Y creo que la respuesta es “deberían estarlo”. Es muy ingenuo pensar que podemos regresar a un modelo de trabajo tradicional sin siquiera cuestionarnos que funcionaba y que no por motivos que van desde gastos operativos hasta el componente humano. ¿Es necesario mantener la misma área que actualmente se está alquilando? ¿Tantas salas de juntas son necesarias? ¿Las estaciones de trabajo todavía son útiles?

¿Y si evolucionamos? ¿Y si nos adaptamos?

Las oficinas del futuro son espacios necesarios para la supervivencia de las organizaciones que nos permitan adoptar un nuevo balance entre la vida en la oficina y el trabajo en casa.

Escrito por:

Mónica Arguedas.

Socia Directora de AEI Spaces México.

aei@aeispaces.com